Disertación
La disertación filosófica es un trabajo escrito donde tú reflexionas sobre una pregunta filosófica. No se trata de memorizar o copiar ideas de los libros, sino de desarrollar tu propio razonamiento. En una disertación tú expones tus ideas y análisis sobre el problema, no simplemente repites lo visto en clase. En otras palabras, es un ejercicio de reflexión personal: debes pensar por ti mismo y argumentar tus opiniones. Además, suele organizarse con introducción, desarrollo y conclusión, de modo que tu texto sea claro y ordenado.
¿Qué no es disertar?
En una disertación no debes hacer lo siguiente:
Recitar de memoria: No se trata de repetir palabra por palabra lo que has estudiado. Memorizar datos o definiciones y volcarlos sin más no vale.
Historia de la filosofía: No es un repaso histórico de filósofos o doctrinas. No tienes que contar biografías ni enumerar teorías enteras. Lo importante es lo que tú piensas, no lo que otros dijeron.
Impresionar con datos: No acumules ideas sin orden intentando mostrar cuánto sabes. Tu objetivo es argumentar de forma organizada, no soltar un torrente de hechos.
Desviarse del tema: No introduzcas preguntas o temas extra que confundan. Céntrate en la pregunta dada, define los términos clave de forma clara y concreta. Evita vaguedades y asegúrate de entender bien la pregunta antes de seguir.
Estructura de la disertación
Una disertación bien hecha debe estar estructurada en tres partes principales:
Introducción: Presenta la pregunta que vas a responder y el problema filosófico que implica. Aquí explicas de qué trata el tema, defines los términos importantes y adelantas las ideas principales que desarrollarás.
Desarrollo: Es el cuerpo del texto. Aquí explicas tus argumentos, apoyándote en razones, ejemplos o autores. Suele organizarse con una tesis (tus argumentos principales), una antítesis (los argumentos contrarios) y, si hace falta, una síntesis o resolución. Lo importante es analizar el conflicto planteado por la pregunta y resolverlo con claridad.
Conclusión: Recapitula brevemente las ideas clave y da una respuesta final a la pregunta. Debes sintetizar lo más importante y luego resolver el problema planteado, respondiendo con claridad lo que piensas al final. La conclusión debe unir todo y dejar claro tu punto de vista definitivo.
Estas tres partes (introducción, desarrollo, conclusión) son fundamentales para que tu texto sea coherente y fácil de seguir.
Pasos antes de empezar a escribir
Antes de ponerte a escribir, sigue estos pasos para organizarte:
Lee y entiende bien la pregunta: Marca los términos clave y reflexiona sobre lo que te pide. Si hay palabras complejas, piensa su significado o diferéncialas (por ejemplo, «deber» no es lo mismo que «poder»). Asegúrate de comprender exactamente lo que se pregunta.
Haz una lluvia de ideas: Anota en un papel todo lo que se te ocurra sobre el tema: conceptos, ejemplos, preguntas que surjan, filósofos relacionados, casos de la vida real, etc. Hazlo sin orden ni vergüenza; la idea es vaciar tu cabeza.
Organiza tus ideas: Revisa lo que anotaste y elige las ideas más importantes. Piensa en una tesis (tu postura o argumento principal) y en una antítesis (el argumento contrario). Pregúntate: ¿qué ideas me sirven para defender mi opinión? ¿Qué ideas pueden cuestionarla?
Escribe un esquema: Con las ideas seleccionadas, haz un pequeño guion con el orden.
Relaciona con lo que sabes: Se recomienda usar al menos dos fuentes (por ejemplo, ideas de dos filósofos estudiados) para dar solidez a tus argumentos.
Cómo hacer una buena introducción
La introducción es clave porque es tu primera impresión. Para hacerla bien:
Presenta la pregunta: Empieza contextualizando el tema. Por ejemplo, ubica la pregunta en el área de la filosofía que corresponde (¿es un problema ético, político, existencial, etc.?). Luego enuncia claramente la pregunta para que el lector sepa de qué trata tu disertación. No inventes varias preguntas nuevas: céntrate en la que te dieron.
Define términos clave: Explica brevemente las palabras importantes de la pregunta. No hagas definiciones extensas, solo aclara el sentido preciso que les das. Esto evita malos entendidos. Por ejemplo, si la pregunta es «¿Es siempre justo castigar a alguien?», aclara qué entiendes por «justo» y «castigar».
Plantea el problema: Señala qué conflicto o dilema plantea la pregunta. Pregúntate “¿por qué vale la pena discutir esto?”. Así muestras la relevancia del tema. Este paso no es obligatorio, pero ayuda al lector a ver el choque de ideas que vas a analizar.
Anuncia tu plan: Indica brevemente qué ideas vas a desarrollar. No es necesario dar detalles, pero sí adelantar al lector cómo ordenarás el texto (por ejemplo: “Primero hablaré sobre A… luego sobre B…”). Esto hace que tu texto sea más fácil de leer.
Errores comunes: No te extiendas definiendo todo al detalle. Hazlo claro y conciso. Tampoco menciones preguntas distintas a la que te dieron, porque confunde al lector. Evita errores de redacción largos o frases muy complicadas; mejor una explicación sencilla.
Cómo desarrollar tus ideas
En el desarrollo expones tus argumentos. Para hacerlo bien:
Organiza con lógica: Normalmente se presenta primero tu postura (tesis) y luego el argumento contrario (antítesis). Por ejemplo, podrías tener una parte “a favor” y otra “en contra”. Lo importante es analizar el problema y resolverlo poco a poco.
Usa ejemplos y referencias: Apóyate en ejemplos de la vida diaria, situaciones sencillas o ideas de los filósofos que hayas visto. Por ejemplo, puedes decir “Filósofo X afirma tal cosa, mientras que filósofo Y piensa lo contrario”.
Sé claro y conecta: Cada párrafo debe tener un sentido y conectar con los demás. Escribe oraciones cortas y claras. Cualquier argumento que des, vincúlalo con la pregunta inicial. Así evitas que el lector se pierda. A veces ayuda usar frases de enlace como “por un lado”, “por otro lado”.
Varía los puntos de vista: Si es apropiado, analiza el tema desde diferentes perspectivas. Por ejemplo, si hablas sobre conocimiento, puedes mencionar ideas racionalistas y empiristas. Esto demuestra amplitud y riqueza en tu disertación.
Cuida las transiciones: Esto da coherencia al texto. No dejes “saltos” sin explicación.
Errores comunes: No improvises ni escribas sin orden. Tampoco llenes párrafos con citas sin explicarlas. No abandonas la pregunta original: si te alejas del tema principal, tu disertación pierde sentido. Y recuerda no solo listar ideas: siempre explica cómo encajan con tu tesis o antítesis.
Cómo terminar con una buena conclusión
La conclusión es la parte final donde cierras tu exposición:
Recapitula brevemente: Resume en pocas frases las conclusiones parciales a las que has llegado durante el desarrollo. Hazlo como un repaso rápido de los puntos clave, pero sin repetir textualmente la introducción. Por ejemplo, no vuelvas a enunciar las mismas ideas generales; en lugar de eso, presenta un breve balance de los argumentos más fuertes que usaste.
Responde la pregunta: Finalmente, ofrece tu respuesta o postura final de forma clara y directa. Esta es la “resolución”: di lo que, en tu opinión, se deduce de todo lo que has analizado. Puede ser un “sí, creo que…”, “no, considero que…” o incluso una posición intermedia. Lo importante es que tu conclusión tenga fundamento en lo que expusiste.
Sé preciso y coherente: No dejes la pregunta sin contestar ni des una respuesta ambigua. No digas simplemente “no sé” o “no tiene solución” sin justificarlo. Si decides concluir que no hay una respuesta definitiva, explícalo argumentadamente. Evita contradecirte: tu postura final debe seguir lógicamente de los argumentos del desarrollo.
Termina bien: Cierra tu trabajo con una frase que deje claro que has terminado tu razonamiento. Por ejemplo: “Por todo lo visto, concluyo que…”.
Errores comunes: No repitas la introducción ni agregues ideas nuevas en la conclusión. Tampoco introduzcas argumentos nuevos al final. Y muy importante: no cierres sin resolver nada. Si al final afirmas “no sé qué pensar” sin más, habrás desaprovechado el trabajo. Tu conclusión debe mostrar que entendiste la pregunta y que tu disertación ha llegado a una resolución lógica.
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